Villa Vainilla | #ElViajeMásCarbón de Ariadna Montañez
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#ElViajeMásCarbón de Ariadna Montañez

Al llegar a los 30 sabía que quería festejar a lo grande, pero no un festejo con gorritos, cerveza y pastel. Nunca me ha gustado organizar fiestas de cumpleaños, ni que me las organicen. Si lo preguntan, soy del tipo privado e individual. ¡Pastel para uno por favor!

Cada año cumplido ha sido una revisión de lo que he logrado y perdido en el camino y al llegar a los 30, sabía que tenía mucho que analizar y experimentar. Es por eso que volé sin compañía, a uno de los territorios que más había querido explorar para poder llevar a cabo mi convivio conmigo misma: Japón.

Al momento de compartir el plan con terceros, noté que olas de temor, incredulidad y angustia les opacaban el rostro al imaginarse en un sitio como Japón sin la presencia de conocidos, pero de cierta forma los entendía. Japón no está a cuatro horas de distancia de México, y está por demás decir que no tienen un idioma precisamente universal y de fácil retención.

Pero entre comentarios, risas y nerviosismo compartido, lo único que se logró en el camino, fue reforzar la decisión por ir,  así que continué con el plan.

Fue así como casi un año antes de los dichosos 30, comencé a ahorrar lo cual fue un tanto difícil, pues no es mi fuerte; empecé a buscar tours, hostales, vuelos, mapas del metro, tren bala, etc. Al cabo de unos meses tenía todo listo y lo único que faltaba, era llegar a la fecha de salida y ¡hola Japón!

Recuerdo con mucho cariño el día en que mi vuelo salió, pues aunque no lo crean siempre había sufrido de “homesickness” al irme a otro país por más de 8 días. Pero en ese momento en la sala de abordaje, supe que todo ese malestar y temor provocado al alejarme de mi zona de confort, se había esfumado. Creo que se le llama “madurar”. Ya no sentía apego a nada, ni a la familia, ni a los amigos, ni al hogar. Pude irme completamente en paz y feliz con ansias de descubrir un nuevo lugar.

Después de casi 15 horas de vuelo, finalmente llegué a mi destino. Estaba en Japón.

Por momentos fugaces llegué a dudar de mi realidad, pues todo lo que se me presentaba era como parte de una sociedad ficticia, ni siquiera creía en la existencia del letrero que me daba la bienvenida en el aeropuerto. Pero todo de pronto cambió tras una profunda respiración y una ligera toma de consciencia.

Konnichiwa!
O-genki desu ka?
Sumimasen.
Onegai shimasu.
Dōmo arigatō.

Esas palabras y varias más, tuve que aplicar desde el día uno pues quería lucir cortez con los locales, jugar un buen papel como extranjero. “A donde vayas aprende un mínimo del idioma que se habla”, esa es mi regla.

Al menos en Japón es esencial demostrar que eres respetuoso con el entorno nuevo al que te enfrentas.

Sonará un tanto agresivo lo que diré a continuación, pero para los nipones, un extranjero es sinónimo de problemas. Algún local me lo confesó no es algo que inventé yo; el respeto es esencial para la coexistencia de todo nipón, y bien siendo visitante, algunas veces olvidamos que otras culturas se rigen obligatoriamente bajo ciertos estatutos a los cuales simplemente no estamos acostumbrados.

El respeto es la regla número uno para sobrevivir aquí y en Japón. Así lo aprendí, así lo viví y así desde que regresé a mi país, es lo que reforcé vigorosamente no importando qué. El respeto al derecho ajeno, es la paz ¿cierto?

Que no se nos olvide.

Continuará…

Texto y fotografías por Ariadna Montañez @mountains

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